ALOCUCIÓN DE S.S. EL PAPA JUAN PABLO II , DIRIGIDA A LOS ROCIEROS DURANTE SU VISITA AL SANTUARIO,
EL DIA 14 DE JUNIO DE 1.993

Amadísimos
hermanos y hermanas: Que la gracia y la paz de Jesucristo, el Señor, esté
siempre con todos vosotros: rocieros y peregrinos que desde tan diversos
lugares habéis llegado a estas marismas almonteñas para reuniros con el Papa en
este santuario, centro de devoción mariana andaluza, en que se venera la imagen
bendita de Nuestra Señora del Rocío. Es para mí motivo de honda alegría y de
acción de gracias culminar mi visita apostólica a la diócesis de Huelva
peregrinando a estas marismas en las que la Madre de Dios recibe en la romería
de Pentecostés e incesantemente durante todo el año, el vibrante homenaje de
devoción de sus hijos de Andalucía y de muchos otros lugares de España. A esa
multitud incontable de romeros he querido unirme hoy
ante esa bellísima imagen
de la Virgen para venerar a nuestra Madre del Cielo. Agradezco vivamente las palabras
de monseñor Rafael González Moralejo, obispo de esta Diócesis, ha tenido a bien
dirigirme, así como la presencia de mis hermanos en el Episcopado y de los
numerosos y amados sacerdotes, religiosos y religiosas que han querido unirse a
esta celebración rociera. Mi gratitud igualmente, a las autoridades civiles por
su valiosa colaboración en la preparación de este encuentro para honrar a esa
Blanca Paloma.
Hace
cuatro años, una numerosísima representación de vuestra Hermandad Matriz y de
las restantes hermandades del Rocío, acompañados por vuestro obispo, os
pusisteis en camino y peregrinasteis a Roma para llevarme el perfume de estas
vuestras marismas almonteñas y mostrarme en vuestros Simpecados el rostro
bellísimo de la Virgen y Señora del Rocío. Hoy soy yo quien peregrina hasta
aquí para postrarme a los pies de esta sagrada imagen, que nos representa y
recuerda a María - Asunta en cuerpo y alma al cielo - y orar por la Iglesia,
por vosotros, por vuestras familias, por España y por todos los hombres y mujeres
del mundo. En esta ocasión deseo recordaros el mensaje que os dirigí entonces
en Roma
"Quiero alentaros vivamente en la auténtica devoción a María,
modelo de nuestro peregrinar en la fe, así como en vuestros propósitos, como
hijos de la Iglesia y como fieles laicos asociados en vuestras hermandades, a
dar testimonio de los valores cristianos en la sociedad andaluza y española, junto a los valores de
tradición histórica, de ambientación folclórica y de belleza natural y
plástica, se conjugan ricos sentimientos humanos de amistad compartida,
igualdad de trato y valor de todo lo bello que la vida encierra en el común
gozo de la fiesta. Pero en las raíces profundas de este fenómeno religioso y
cultural aparecen los auténticos valores espirituales de la fe en Dios, del
reconocimiento de Cristo como Hijo de Dios y Salvador de los hombres, del amor
y devoción a la Virgen y de la fraternidad cristiana, que nace de sabernos
hijos del mismo Padre celestial.
Vuestra
devoción a la Virgen manifestada en la romería de Pentecostés, en vuestras
peregrinaciones al santuario y en vuestras actividades en las hermandades,
tiene mucho de positivo y alentador, pero se le ha acumulado también, como
vosotros decís, polvo del camino, que es necesario purificar. Es necesario,
pues, que ahondando en los fundamentos de esta devoción, seáis capaces de dar a
estas raíces de fe su plenitud evangélica; esto es, que descubráis las razones
profundas de la presencia de María en vuestras vidas como modelo en el
peregrinar de la fe y hagáis así que afloren, a nivel personal y comunitario,
los genuinos motivos devocionales que tienen su apoyo en las enseñanzas
evangélicas.
En
efecto, desligar la manifestación de religiosidad popular de las raíces
evangélicas de la fe,
reduciéndolas a mera expresión folclórica o costumbrista
sería traicionar su verdadera esencia. Es la fe cristiana, es la devoción a
María, es el deseo de imitarla lo que da autenticidad a las manifestaciones
religiosas y marianas de nuestro pueblo. Pero esa devoción mariana, tan
arraigada en esta tierra de María Santísima, necesita ser esclarecida y
alimentada continuamente con la escucha y la meditación de la Palabra de Dios,
haciendo de ella la pauta inspiradora de nuestra conducta en todos los ámbitos
de nuestra existencia cotidiana. Os invito, por ello, a todos a hacer de este
lugar del Rocío una verdadera escuela de vida cristiana, en la que, bajo la
protección maternal de María, la fe crezca y se fortalezca con la escucha de la
Palabra de Dios, con la oración perseverante, con la recepción frecuente de los
Sacramentos, especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía. Este y no otro
es el camino por el que la devoción rociera ganará cada día en autenticidad.
Además, la verdadera devoción a la Virgen María os llevará a la imitación de
sus virtudes. A través de Ella y por su mediación, descubriréis a Jesucristo,
su Hijo, Dios y Hombre verdadero, que es único mediador entre el Padre y los
hombres.
En un
entrañable encuentro con los obispos de Andalucía, con motivo de su visita ad
limina me refería a la vivencia religiosa popular con estas palabras
"Vuestros pueblos, que hunden sus raíces en la antigua tradición
apostólica, han recibido a lo largo de los siglos, numerosas influencias
culturales que le han dado características propias. La religiosidad popular que
de ahí ha surgido es fruto de la presencia fundamental de la fe católica, con
una experiencia propia de lo sagrado, que comporta a veces la exaltación
ritualista de los momentos solemnes de la vida del hombre, una tendencia
devocional y una devoción muy festiva". Sé, que como hermandades rocieras,
estáis empeñados en dar una nueva y auténtica vitalidad cristiana a la
religiosidad popular de esta tierra. Por otra parte, es consolador comprobar
que vuestros pastores muestran gran solicitud y preocupación por fomentar en
las hermandades una mayor formación cristiana, una más activa participación
litúrgica y caritativa en la vida de la Iglesia, que se traduzca en verdadero
dinamismo apostólico. Por mi parte y apelando al sentimiento más profundo que como
cristianos y rocieros, lleváis en el fondo de vuestras almas, y por Ella a
Cristo, dando así también testimonio de una fe que se hace cultura. Sería una
pena que esa cultura cristiana vuestra, profundamente enraizada en la fe, se
debilitara por inhibición o por cobardía al ceder a la tentación y al señuelo -que hoy se os tiende- de rechazar o despreciar los valores cristianos que cimentan la obra de la devoción a María y dan savia a las raíces del Rocío. Por
esos os vuelvo a insistir hoy ante la Virgen: dad testimonio de los valores
cristianos en la sociedad andaluza y española.
Queridas
hermanas y hermanos rocieros, me siento feliz de estar con vosotros en esta
hermosa tarde, aquí, en este paraje bellísimo de Almonte y ante este bendito
santuario, en el que acabo de orar por la Iglesia y por el mundo. A Ella,
nuestra Madre celeste, Asunta en cuerpo y alma en el cielo, he pedido por
vuestro pueblo andaluz y español, pueblo fundamentado en la fe de los mayores
que vive una ardiente esperanza de elevación humana, de progreso, de afirmación
de su propia dignidad, de respeto a sus derechos, y de estímulo y ejemplaridad
para cumplir sus deberes. He pedido a María que siga concediéndonos, en la
alegría de vuestra forma de ser, la firmeza de la fe y engendre en vosotros la
esperanza cristiana que se manifieste en el gozo ante la vida, en la aceptación
ante el dolor y en la solidaridad frente a toda forma de egoísmo. He pedido
para vosotros, los aquí presentes, así como para vuestras familias y para
Andalucía entera y la noble nación española, que sepáis siempre superar las
dificultades y los obstáculos a veces frecuentes en el camino como son la
pobreza, la temible plaga del paro, la falta de solidaridad, los vicios de la
sociedad consumista en la que se olvida el sentido de Dios y la caridad
auténtica.
¡Que por María sepáis abrir de par en par vuestro corazón a Cristo, el Señor!
Llevad
por todos los caminos el cariño y el amor del Papa a vuestros familiares,
paisanos y amigos antes de bendeciros alabemos juntos a María:
¡VIVA LA VIRGEN DEL ROCÍO! ¡VIVA ESA BLANCA PALOMA! ¡QUE VIVA LA MADRE DE DIOS!